Cómo los plásticos pasaron de ser una promesa de utopía futurista a la actual pesadilla ecológica

Jun 27, 2019 | Internacional

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Las señales de alarma se multiplican. Cada año surgen nuevos
estudios que confirman cómo la presencia ubicua del plástico en la vida moderna
se está convirtiendo en una fuente de contaminación de los océanos que pone en
riesgo la vida marina.

La evidencia de este grave problema ecológico puede verse de
forma empírica en casos como el de la ballena que hallaron a comienzos de este
año en Filipinas con 40 kilos de bolsas plásticas en su estómago.

También lo corroboran estudios como el realizado en 2018 por
la organización de periodismo Orb Media y la Universidad Estatal de Nueva York,
en el que hallaron partículas de microplásticos en muestras de 11 marcas
nacionales e internacionales de agua embotellada.

En 2017, un grupo de científicos de la Universidad de
California en Santa Bárbara calculó en ocho mil 300 millones de toneladas la
cantidad de plástico que se produjoen el mundo en los últimos 65 años.

Uno de sus hallazgos más preocupantes era que más del 70% de
esa cantidad (unos 6.300 millones de toneladas) se encuentran en los vertederos
y en los océanos.

«Hay suficientes restos de plástico en el mundo para
cubrir un país entero del tamaño de Argentina», le dijo entonces Roland
Greyer, líder del equipo investigador, a Jonathan Amos, corresponsal de Ciencia
de la BBC.

Por si fuera poco, más de la mitad de todo ese plástico se
había producido en los 13 años anteriores, lo que revela una tendencia
creciente en la producción de este material.

Otro estudio, publicado en 2016 por el Foro Económico
Mundial, preveía que para el año 2050 habrá (por peso) más plástico que peces
en los océanos del mundo.

No extraña entonces que ciertos grupos ecologistas ya hablen
de un «apocalipsis del plástico» y se multipliquen por el mundo los
llamamientos para prohibir su uso.

Paradójicamente, cuando hace menos de un siglo este material
comenzó a ser usado a escala industrial, muchos vieron en él la promesa de un
futuro utópico que se concretaría en una sociedad más justa y democrática.

Fin de la escasez

El uso cotidiano de productos de plástico comenzó a
popularizarse en las décadas de 1920 y 1930 en Estados Unidos, desde donde se
extendió al resto del mundo.

El rápido aumento de la demanda se refleja en la producción
de las materias primas.

Entre 1921 y 1937, la producción anual de fenol-formaldehído
y de otras resinas de alquitrán de hulla en EE.UU. pasó de unos 680 mil kilos a
unos 64 millones de kilos anuales.

Otros materiales como el acetato de celulosa pasaron de
1.631.000 kilos en 1929 a 8.618.000 kilos en 1937, mientras que la urea
formaldehído se incrementó de 907.000 kilos en 1932 a 9.525.000 kilos en 1937,
según cifras del Departamento de Comercio de ese país.

«Para el final de esa etapa, estos materiales diversos
pero similares aparecían tan claramente como los propiciadores y descubridores
de una nueva cultura de consumo que algunos periodistas dejaron de referirse a
esa época como ‘la era de las máquinas’ y en su lugar proclamaron ‘la era del
plástico'», refiere el historiador estadounidense Jeffrey L. Meikle en un
artículo sobre el impacto de este material en la cultura y la sociedad entre
1920 y 1950 que fue publicado en 1992 en la revista Journal of Design History.

Según el experto, el repentino auge de productos hechos con
materiales como vinil, acetato o acrílico se explicaba por la conjunción de
varios factores.

En primer lugar, se valoraban las virtudes del plástico
desde el punto de vista económico.

Esto incluía el hecho de poder contar con un suministro
estable de materia prima, su bajo costo y peso, la facilidad para su
transformación y, en especial, los ahorros derivados de eliminar los gastos en
mano de obra al poder fabricar un producto acabado, que no requería de
ensamblaje.

Otro elemento a su favor derivaba de la visión que tenía la
sociedad acerca del progreso tecnológico, que permitía considerarlo como una
fuerza capaz de contrarrestar el estancamiento económico y social.

«La amplia fascinación con las evidencias del avance de
la modernidad, con la radio y la electricidad, con los automóviles y la
aviación, con los rascacielos y los vehículos aerodinámicos, convergieron con
preocupaciones económicas más prácticas concediéndole al plástico una distinción
que de otra manera no habría tenido», señala Meikle.

De la utopía a la superproducción

En aquellas primeras décadas, la visión predominante en la
sociedad estadounidense consideraba que este grupo de productos podía cambiar
las condiciones materiales que limitaban la vida humana.

«El plástico barato provisto por químicos orgánicos a
partir de elementos comunes fomentaría la verdadera democratización de la
sociedad al poner fin a los conflictos generados por la escasez de materias
primas y producir una abundancia material universal», apunta Meikle.

El experto atribuye esta visión a quienes califica como
promotores de un utopismo plástico que abogaban no por el dispendio sino por la
conservación del petróleo y el alquitrán de hulla, materias primas originarias
de este auge de bienes baratos.

Poco a poco, sin embargo, otra visión comenzó a imponerse,
una que propugnaba impulsar una producción ilimitada de todo tipo de objetos,
dado que el plástico permitía producir una infinidad de productos de todas las formas
y colores.

Waldemar Kaempffert, editor de Ciencia de The New York
Times, publicó en 1940 un texto en el que predecía el advenimiento de una
suerte de utopía plástica.

Kaempffert imaginaba que en los hogares del futuro todos los
productos estarían hechos del material sintético más apropiado y que la
limpieza del hogar se limitaría a lavar todo con una manguera; los platos
sucios de plástico serían disueltos en agua caliente y lanzados por el desagüe,
mientras que las ropas sintéticas serían echadas a la basura cuando se
ensuciaran pues resultaría mucho más barato comprar prendas nuevas.

El auge del megaconsumo del plástico también recibiría un
gran impulso de parte del sector industrial.

Poco antes del fin de la Segunda Guerra Mundial, el entonces
vicepresidente de la empresa química Du Pont, J.W. McCoy, vaticinó en una
reunión de expertos en mercadeo un brillante futuro para la industria dadas las
grandes necesidades insatisfechas que había en el país.

Sin embargo, destacaba la importancia de asegurarse de que
«los estadounidenses nunca estén satisfechos, para ver que la marcha hacia
adelante no cese jamás».

Pronto se apreciaron las consecuencias de la puesta en
marcha de este tipo de visión empresarial.

De acuerdo con Meikle, la continua proliferación de bienes
de consumo creó una cultura «cuyo bienestar psicológico residía cada vez
más en adquirir cosas materiales pero que, paradójicamente, consideraba que
esos bienes, como posesiones individuales, tenían un valor tan bajo que
alentaba su desplazamiento, su eliminación, su consumo rápido y total».

Menos de un siglo más tarde, de aquel auge inicial de
producción industrial de productos plásticos, varios gobiernos en el mundo
intentan poner límites al uso de este material.

En marzo pasado, el Parlamento Europeo aprobó una ley para
prohibir los plásticos de un solo uso para el año 2021, y el gobierno del
primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, anunció planes para aplicar medidas
similares.

Sin embargo, no queda claro si estos esfuerzos serán
suficientes.

Al final de cuentas, de acuerdo con estudios de la ONU, los
países del mundo que peor gestionan la basura plástica no están son los estados
ricos de Occidente sino países más pobres y muy poblados ubicados en Asia y
África como China, Indonesia, Filipinas o Egipto.


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