Impunidad, miedo y autocensura marcan al periodismo veracruzano

Oct 16, 2017 | Municipios

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Son pocas las ocasiones en las que los periodistas cambian su papel y se vuelven entrevistados en vez de entrevistadores, pero en esta ocasión seis periodistas de Veracruz, de norte a sur, aceptaron hablar sobre las principales inquietudes de la profesión en el estado considerado como la zona más peligrosa para ejercer el periodismo en América Latina.

Estos periodistas veracruzanos son: Edgar Escamilla Cordero, reportero de Poza Rica y la zona norte para La Jornada Veracruz y jefe de información de La Opinión de Poza Rica; Sayda Chiñas Córdova, corresponsal en el sur para La Jornada Veracruz, diario Por Esto y comisionada de la Comisión Estatal de Atención y Protección para los Periodistas (CEAPP); Heder López Cabrera, reportero en Coatzacoalcos para Diario del Istmo; Ana Alicia Osorio González, reportera en el puerto de Veracruz para la agencia AVC y Noticias MVS además de fundadora del blog Testigo Púrpura; Norma Trujillo Báez periodista de Xalapa para La Jornada Veracruz, activista e integrante del colectivo Voz Alterna; y Jorge Sánchez Ordóñez, hijo de Moisés Sánchez Cerezo y quien ahora dirige La Unión… de Medellín como un proyecto en defensa de la Libertad de Expresión.

Edgar Escamilla Cordero

A la fecha, Edgar sigue preguntándose por qué se convirtió en periodista. Toda su vida se repitió a sí mismo que no seguiría los pasos de su padre, fotoperiodista, pero la profesión fue la que llegó a él un día que le ofrecieron trabajo para redactar boletines y tomar fotos en un Ayuntamiento. Como su trabajo fue bueno, lo dejaron en el puesto de director de Comunicación Social. Dos años después, al término de la administración, Escamilla, quien había estudiado una carrera ajena al periodismo, comenzó a buscar trabajo en su ramo, pero descubrió que su vocación “siempre había estado donde había renegado”. Sentía que hacía falta algo que los reporteros del norte de Veracruz no hacían y quiso intentarlo. Así, hace siete años, dio el salto a los medios.

Desde Poza Rica, ha pasado de la nota diaria a la investigación periodística y la redacción de reportajes; además de la tradicional prensa escrita, también se ha desarrollado en plataformas de radio, televisión e internet.

Edgar se convirtió en periodista casi al mismo tiempo que inició el gobierno de Javier Duarte de Ochoa. En poco tiempo, Poza Rica se volvió escenario de enfrentamientos, secuestros y homicidios; no era extraño escuchar por las noches las balas irrumpiendo la tranquilidad y hasta la inocencia de los jóvenes, quienes aprendieron a identificar lo que era una balacera.

Ante la situación del periodismo en Veracruz, comenta que los comunicadores se enfrentan a los mismos problemas de siempre, pero maximizados. “La situación actual es producto de la impunidad prevaleciente en la gran mayoría de los casos”. Si bien las agresiones a periodistas existían antes, especialmente de parte de quienes se sienten molestos o afectados por la información publicada, admite que el panorama actual rebasa toda expectativa.

Él mismo no ha estado exento de recibir agresiones y amenazas, estas últimas, que explica como “amenazas maquilladas, pero al fin de cuenta, amenazas”. Y las fuentes de estas agresiones van desde autoridades como de civiles. Como tal, explica que no tiene miedo, pero sí desconfianza hacia diversos grupos, tanto civiles como gubernamentales.

Es por eso que Edgar admite haber tomado capacitaciones sobre temas como protección personal, de su familia y de sus compañeros periodistas, aunque no ha llegado a sufrir episodios de ansiedad ni ha necesitado ir a terapia.

Pero en el fondo, ha experimentado impotencia y el coraje con cada anuncio de un periodista asesinado o agredido. Y eventualmente, aunque asegura que duele, ha tenido que recurrir a la autocensura como medida de protección: no publica algún dato que podría comprometer su integridad o la de sus compañeros.

Hasta la fecha, a sus siete años de experiencia como periodista —y dos como encargado de Comunicación Social—, Edgar Escamilla no ha necesitado de algún tipo de medida de protección, pero en algún momento sí experimentó el otro tipo de riesgo que se vive dentro del periodismo: el económico. Cuando no le pagaban lo suficiente, llegó a pensar en cambiar de profesión, pero se mantuvo firme en seguir la vocación que no quería admitir. Finalmente, está en proceso de tener por primera vez prestaciones laborales mínimas; aunque cree haber alcanzado la estabilidad económica, dice que “nada es seguro en esta vida” y continúa siendo un punto que le preocupa.

“La actividad periodística es primordial en la sociedad, en cualquier pueblo. Ha jugado un papel importante, tanto para develar las corruptelas de los gobernantes, como parte de ese juego macabro para desinformar a la población”, es la visión que tiene Edgar sobre la importancia del periodismo para Veracruz.

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Sayda Chiñas Córdova

“Periodistas como tú siempre terminan mal: jodidos, sólo con sus sueños”. Las palabras de Jorge Anaya Huerta, entonces gerente del diario Notisur de Coatzacoalcos, cayeron sobre Sayda Chiñas, hasta entonces Jefa de Información del rotativo. “Según los dueños ya no doy resultados informativos, aunque creo es por mi activismo en redes y el apoyo a mis compañeros. Termino un ciclo laboral hermoso, donde tuve la fortuna de compartir con mucha gente, a quienes agradezco su apoyo y aguante. No me arrepiento de nada de lo que he hecho, volvería a dar la cara por Goyo, Moisés y cualquiera de mis compañeros. Aquí sigo, firme en mis convicciones y mis valores”, fue la respuesta que dio ella a través de su Facebook, anunciando el rompimiento laboral con Notisur.

Después de un lustro, la reportera fue despedida en marco de una serie de protestas que valientemente llegó a encabezar desde el plagio y el posterior hallazgo de Gregorio Jiménez, ‘Goyo’, reportero de villa Allende, Coatzacoalcos. Pese a las represalias laborales, no detuvo su activismo y ahora desde la Comisión Estatal de Atención y Protección para los Periodistas (CEAPP) se ocupa de proporcionar apoyo a sus compañeros del sur de Veracruz, además de fungir como corresponsal para La Jornada y el periódico Por Esto, de la zona sureste del país.

Sayda Chiñas, la reportera que enfrentó al sistema de medios asentados en el puerto de Coatzacoalcos, prácticamente en poder de empresarios y políticos, señala que decidió volverse periodista porque le gustaba investigar y contar historias, pero sobre todo por la misión social incluida en la profesión, la parte con la que más se identifica.

Egresada de la carrera de Ciencias de la Comunicación en la Universidad Veracruzana, comenzó a trabajar en 1997 desde la redacción de XEU Noticias, por lo que a la fecha ya acumula dos décadas de experiencias profesional.

Sin embargo, tanto la forma de hacer periodismo de ella como del resto de los reporteros veracruzanos cambió con el incremento de los crímenes en contra de los periodistas. “Empezamos a revisar qué estábamos publicando y cómo lo estábamos haciendo, para identificar riesgos; las coberturas poco a poco fueron cambiando en razón de los niveles de violencia que alcanzó la zona.

Puntualmente, Sayda Chiñas cita a la impunidad como el principal problema a enfrentar en Veracruz. Impunidad que permitió que un caso se convirtiera en una docena y luego en más de veinte. De ahí, señala la colusión del Gobierno con grupos delincuenciales y, finalmente, el sometimiento de los medios al gobierno en sus líneas. Estos, como los nuevos retos del periodismo veracruzano. Para ella, aún con la advertencia del crecimiento de la violencia, fue difícil llegar a creer que la descomposición del estado llegaría a los niveles de los estados del norte del país.

Durante los últimos años, bajo estas nuevas condiciones, la corresponsal de La Jornada Veracruz ha legado a ser agredida, sobre todo cuando debe cubrir conflictos o movimientos sociales. Las amenazas tampoco han sido ajenas, sobre todo de los que ubica como los ‘grupos de poder’: en dos ocasiones han intentado ‘levantarla’ (privarla de su libertad) y una vez la golpearon. “El miedo es una constante, en este momento en la vida de los periodistas”.

La ansiedad se ha convertido en el nuevo compañero de muchos periodistas veracruzanos. Además de las capacitaciones relacionadas con la seguridad, Sayda comenta que, al menos en su caso, tiene problemas para conciliar el sueño a causa del miedo y actualmente sigue en terapia psicológica por todo lo derivado de su trabajo. Uno de los golpes más duros es cuando se entera de un nuevo asesinato. Entonces inicia un ciclo en el que “todos vivimos un tiempo con miedo” y se genera un sentido de desolación.

Ante esto, la autocensura ha sido un recurso de protección para los periodistas, especialmente en temas relacionados con el crimen organizado. Por ejemplo, en ocasiones pospone información, que hasta cuando las condiciones cambian, puede ser publicada.

Otra estrategia de autoprotección es contar con esquemas de seguridad, evitar exposiciones en lugares públicos y trabajar temas en equipo; en su caso particular, Saya cuenta con medidas cautelares.

Bajo toda esta problemática, en algún momento ha planteado la opción de dejar el periodismo. “Algunas veces siento que es más seguro vender tamales”, señala en su estilo directo, irónico. Tampoco tiene seguro social, qué decir de un crédito para vivienda; si cuenta con seguro de gastos médicos o de vida y ahorro para el retiro, es particular. ¿Vacaciones? “Creo que en seis años no he sabido estar de vacaciones”. La estabilidad laboral de los medios, al menos en Veracruz, se cambió por que los dueños se preocuparon más por obtener ingresos gubernamentales, lo que con los recortes del gasto público, derivó en despidos y afectaciones a los ingresos de los reporteros.

Y si en alguna ocasión Sayda se ha cansado, no sólo por es por el plano económico, sino también porque, convencida de que el periodismo tiene una causa social, observa una falta de alcances en esa área: “Lo que dejamos de escribir, generó que se acentuara la descomposición de la sociedad, apenas empezamos a saber y sacar sobre los crímenes de lesa humanidad”.

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Heder López Cabrera​

El joven reportero de Coatzacoalcos, dotado de la habilidad para cantar, echa de menos a Gregorio Jiménez, ‘Goyo’, el reportero cuyo asesinato lo impactó por su cercanía y lo llenó de sentimientos de impotencia, soledad y abandono, pues Heder había sido su editor previamente y después convivieron juntos como reporteros. “Fue algo doloroso, porque dentro de todo él era una persona tranquila, trabajadora y alegre”, recuerda.

Como Heder, quien decidió convertirse primero en locutor para llegar con su voz a muchos hogares, decenas no podían creer lo que le sucedió a Jiménez. Mientras unos salieron a marchar, él decidió no participar porque temía que fuera una imprudencia. Sin embargo, dos días antes del hallazgo del cuerpo de Gregorio, cuando aún había una esperanza de encontrarlo con vida, camión kilómetros en un paraje de arena entre villa Allende y Agua Dulce. “Me motivó ir con los demás compañeros a ir a buscar el lugar del presunto hallazgo; era tener algo que llevarle a su familia, por lo menos decirle que ya había un cuerpo al cual llorarle, pero estando caminando a ciegas entendí que fue una imprudencia enorme y que hay límites que no debemos pasar, hacerle al héroe es uno de ellos”.

Lo de ‘Goyo’, no sólo fue un parteaguas en la forma de hacer periodismo, explica, sino también un antes y un después en la forma de trabajar de los periodistas de Coatzacoalcos y la región, lo que incluyó capacitaciones y exigencias hacia las autoridades.

Egresado de la carrera de Ciencias de la Comunicación, con interés en la locución, la vida labora lo llevó a conocer otras facetas del periodismo, desde la corrección y edición, hasta convertirse en reportero y comprender la responsabilidad social de la profesión.

Para Heder López, la apatía, tanto de las autoridades, de las empresas y del mismo gremio, es uno de los principales obstáculos a veces en medio de la guerra encarnizada en la se encuentra Veracruz, con los periodistas en el fuego cruzado. “Jamás me imaginé que la violencia llegaría a este punto de descontrol”.

El mismo avance de las Tecnologías de la Información lo considera como un peligro oculto para los reporteros y explica el caso de las transmisiones en vivo, especialmente las que se hacen desde las escenas de hechos delictivos, pues las considera como un ‘ojo’ para la delincuencia en tiempo real.

Como en otros de sus compañeros, la autocensura se perfila como la primer medida de cautela para un periodista en estos tiempos, sobre todo en temas relaciones con el crimen. Y en el lugar de los hechos, también procura visualizar el panorama desde un área lejana y no hacer mayor contacto con el resto de la gente.

De forma similar, no ha dudado plantearse el dejar el periodismo y emprender otras actividades, pues mientras concebía su profesión como “el termómetro de la sociedad y un importante intermediario de quienes no tienen voz”, las nuevas condiciones provocan una gran distancia entre lo que desea y lo que es en realidad.

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Ana Alicia Osorio González

Ana Osorio decidió volverse periodista de forma circunstancial. Estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad Cristóbal Colón, pero cuando egresó comenzó a trabajar en el área de Relaciones Públicas y ante un recorte de personal en la empresa, le ofrecieron un puesto como reportera, que consideró iba a ser temporal.

Se enfocó en cuestiones de periodismo de género, del que ha tomado diplomados, además de seguridad informática y de datos. Aunque no ha tomado de primeros auxilios o de riesgo, considera que sí son necesarios por la situación actual.

Ahora cuenta ya cinco años de experiencia en Imagen de Veracruz, periódico del puerto de Veracruz al que entró en el 2011, meses después de los primeros asesinatos en los tiempos de Javier Duarte. En ese momento no se cuestionó las medidas de seguridad, pero varias semanas después, descubrió que el cuerpo de Yolanda Ordaz fue dejado justamente afuera del periódico hermano de Imagen, el Órale Jarocho con el que prácticamente comparte edificio.

“En su momento sí creía aquello de que andaban en malos pasos por los comentarios que decían compañeros con más experiencia, pero me ha dado cuenta con más asesinatos de periodistas, te cae el veinte, es básicamente el mismo discurso que se hace con todas las víctimas”, reconoce en la actualidad.

Ana, quien se ha enfocado en periodismo de género, admite que lo que enseñan en la escuela no es la realidad y justamente esa es la deficiencia que tienen muchas escuelas de periodismo. Para ella, el principal reto es prepararse e intentar no ser vulnerables, pues con cada asesinato se vive una situación difícil, pues aún las personas con mecanismos han sido asesinadas en el estado de Veracruz.

En su desarrollo ha sido agredida en varias ocasiones. La más reciente fue cuando acudió junto con otros dos compañeros a revisar un manglar que era rellenado, pues aunque ya había sido intervenido por las autoridades, la construcción seguía. Cuando llegaron, una camioneta se emparejó, los sujetos a bordo los amenazaron y luego se adelantaron del vehículo en el que viajaban los periodistas, aunque más adelante los esperaban mientras una segunda camioneta los chocó por detrás. Por el impacto sufrió un esguince de segundo grado en el cuello. Además de este hecho, también ha vivido agresiones por parte de Policías e incluso de ‘tamseros’ —obreros de Tamsa, importante empresa ubicada en el puerto—, lo que derivó una denuncia penal.

Los informes identifican a las autoridades, como policías y servidores, como los que mayores agresiones cometen, seguidos por grupos criminales, explica Ana, quien ha documentado casos como tortura hacia civiles por parte la Policía Naval “Llevamos la de perder, somos reporteros y somos personas en un lugar donde somos vulnerables en ese sentido”.

También revela que las coberturas que realiza han influido en su persona. Diagnosticada con ansiedad y depresión, su trabajo como periodista y por los temas que cubre a veces complican su salud. El abordar muchos casos de desaparecidos, por ejemplo, “es algo que te llega a pesar; pero es necesario (la terapia), pero no hay dinero o no tengo tiempo”. Y aunque los profesionales médicos le recomiendan que no se involucre con las víctimas, “se dice fácil, pero no es algo fácil”.

Como otros compañeros reporteros veracruzanos, Ana Alicia ha vivido de cerca la muerte de un periodista, en este caso, la de Moisés Sánchez. Cuenta que cuando inició su trabajo en Imagen le asignaron la fuente de Medellín, municipio en donde vivía Moisés. “Siempre avisaba con un mensaje o llamada”, recuerda.

La noche que desapareció, Jorge, hijo de Moisés, llamó para avisar que se habían llevado a su papá. No lo creía, se negaba a aceptarlo. Minutos después, los grupos de colegas comenzaron a repetir y confirmar la noticia. Se llevaron a Moy, decían. “Entonces salieron los colegas que dijeron que no era reportero” y ella sintió enojo, rabia y tristeza.

Parte del trabajo de Ana podría considerarse freelance, por lo que posee las prestaciones mínimas y una estabilidad que califica de “preocupante”. Al mismo tiempo, la autocensura disminuye sus ingresos pues, por ejemplo, en medios nacionales, explica que si no hay “participación”, es decir, que de viva voz y con su nombre narre una nota, no hay paga. Es preferible dejar de ganar un dinero que poner en riesgo el bienestar de uno, sentencia, sobre todo después de que una vez le preguntaron en vivo “¿qué grupo delictivo crees que fue?

La periodista, que cuenta con algunas medidas cautelares, a pesar de todo no ha pensado cambiar de profesión. Piensa que puede ayudar escuchando a las personas, que lo que hace sirve de algo. También le gustaría hacer menos diarismo y más periodismo profundo, aunque la misma redacción no da la oportunidad muchas veces. Quiere que el periodismo sirva de algo y por eso fundó Testigo Púrpura, una página en la que busca que las mueres conozcan sus derechos. Y afirma que no hubiera pasado nada contra Javier Duarte sin la denuncia periodística de las empresas fantasma de Animal Político.

“¿Por qué soy reportera? Me gusta, pero cada vez es más complicado”. Y sigue el autocuestionamiento: “¿Y si eres el siguiente? ¿y si es alguien cercano a ti? ¿y qué estaba haciendo? ¿y qué cubría? ¿y qué tal que lo que tú cubres se pone en riesgo? Además de pesar en ellos, de la vida que se acabó, es un cierto temor por lo que uno está realizando y cómo lo debe realizar para evitar ser el siguiente en este conteo que parece interminable”.

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Norma Trujillo Báez

Desde pequeña, Norma fue receptiva a los problemas del pueblo y de ahí nació su pasión por el periodismo. En su casa la idea de convertirse en periodista no agradó a su familia, que le decía que la verdad causa problemas. Así que en lugar de la Facultad de Comunicación eligió la carrera de Letras Españolas.

Pero eso no la separó de lo que era su vocación. Aunque al inicio escribía sobre cultura, como recibió capacitación con materias optativas relacionadas con el periodismo, pronto saltó a los medios. Con una experiencia de 27 años en el periodismo en Veracruz, relata que inició con reportajes sobre el sistema penitenciario y niños en situación de calle, aunque en aquel entonces no tenía percepción del miedo.

En esos años, Norma podría salir a buscar la información sola; ahora ya no. Da un ejemplo con las dedadas policíacas contra grupos LGTB, que muchas veces eran atacados, por lo que acudía a documentar las agresiones. “Ahora debes de tener mesura, en ese aspecto el periodista tiene que autoprotegerse; si de por sí el día es complicado, la noche más”. Sobre el crimen, los niveles de corrupción en los que ha caído el estado se han impuesto. A las autoridades no les gusta transparentar áreas de recursos públicos. “A eso se enfrenta un periodista en el estado de Veracruz”.

Con su amplia experiencia como periodista, asegura que antes sí había represión contra los periodistas, aunque de otra forma. Antes las autoridades trataban de crearle un delito a los periodistas y procedían a una demanda legal, por lo que el miedo de entonces era pisar la cárcel, pero no se pensaba en la posibilidad de que les quitaran la vida. Preocupada siempre por fundamentar sus notas, reconoce que en la actualidad, aunque se tengan todas las pruebas, existe el peligro de que lo que informe, moleste a ‘alguien’.

Como otros reporteros de la entidad, Norma Trujillo identifica al Gobierno o a las autoridades de Seguridad Pública como los principales autores de amenazas y agresiones contra los periodistas. Ella misma ha sido blanco de amenazas en cinco ocasiones, de lo que se han derivado dos denuncias ante la Fiscalía Especial para la Atención de Delitos cometidos contra la Libertad de Expresn (FEADLE) y una ante la Fiscalía local, que desde el 2013 no han prosperado.

Junto con otros periodistas de Xalapa, aceptaron las medidas de protección del estado no porque confíen en su efectividad, pues reconocen que “eso no nos va a salvar la vida”, pero coinciden en que eso los responsabiliza, que “aumenta su costo político”.

También ha experimentado el acoso y la persecución. En el 2014, el Gobierno del estado acababa de recibir un reconocimiento sobre el compromiso con la infancia por parte de la Unicef. Ella tenía casi un mes de haber trabajado en un reportaje sobre un menor de edad con VIH, caso que exponía el problema de salud pública y la falta de aplicación de los derechos de la infancia por el consejo tutelar para menores; el reportaje salió publicado un día después del reconocimiento. “Me acusaron de haber robado documentación oficial”, aunque la realidad es que causó molestia al Gobierno que incluso negó la existencia del niño.

A través del colectivo “Voz Alterna”, Norma y otros periodistas de Xalapa se vincularon desde el 2012 con organizaciones nacionales e internacionales para llevar talleres para disminuir vulnerabilidad en computadoras y teléfonos, además de implementar esquemas de protección y capacitación sobre sus derechos. De forma similar, solicitaron la alerta de Protección a Periodistas, una revisión a los casos de sus compañeros y a las denuncias actuales, así como de las condiciones laborales de los periodistas.

En su activismo, Trujillo también cubrió y apoyó al movimiento magisterial, por lo que fue blanco de ataques de lo que identificó como organizaciones afines al PRI que buscaban minimizar dichos movimientos sociales.

Cercana a Regina Martínez, corresponsal de Proceso asesinada en su casa en Xalapa, y también a Rubén Espinosa, fotoperiodista asesinado en la Ciudad de México, Norma ha vivido una doble pérdida en pocos años que la ha llevado a terapias. “A veces la requieres, porque estar ahí viviendo esa situación de que pierdes a un compañero cercano es muy difícil. Sientes el miedo, el temor, la persecución y a veces es necesario que un profesional de apoye”.

Con cada periodista asesinado, Norma y decenas de periodistas volvieron a sentir el temor, el qué pasará. Sobre todo porque no se ha cortado esa dinámica que existe en cuanto a crímenes de compañeros, a pesar de que se ha denunciado, de que se ha exigido justicia y de que han salido a las calles, explica, y en su lugar llega la angustia, el temor y el coraje.

Si bien no ha dejado de escribir sobre algún tema, sí ha dejado de salir a cubrir algún tema. La situación económica también ha jugado un papel importante, con los retrasos en los pagos que le impiden tener los recursos para desplazar a cubrir temas que no suceden en su región.

A pesar de todo lo que ha vivido y con 27 años de experiencia en el periodismo, asegura que no lo dejará. Pero es firme en creer que debe haber denuncias y reflejar la corrupción e inseguridad que existe en Veracruz, ya que de no hacer esos seguimientos, afectaría a los veracruzanos y se refiere a temas relacionados con megaproyectos como pozos petroleros, minas e hidroeléctricas que dejarían a los más vulnerables, aún más pobres.

“Veracruz es un estado con riquezas con una realidad muy diferente, en donde se ven niveles de pobreza muy altos. No sólo es la inseguridad y las fosas, hay otros temas que también deben ser puestos en las redacciones. Si no estamos informando, la sociedad pierde su derecho a ser informada, pues mientras no se expongan casos de corrupción de desvíos públicos, la gente no se enteraría de todo lo que está sucediendo y esa es una función importante del periodismo. Que la sociedad forme sus propio criterio, de lo contrario, estaríamos diciendo lo mismo que las administraciones anteriores: que no pasa nada”.

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Jorge Sánchez Ordóñez

Jorge Sánchez comparte la mirada serena de su padre, Moisés Sánchez Cerezo, periodista asesinado en Medellín en enero del 2015. Desde unos 15 años antes de su desaparición forzada y posterior homicidio, Jorge ya le ayudaba a transcribir los textos a una computadora, tomar fotografías y hacer entrevistas, pero después del crimen contra su padre, se involucró aún más en el periodismo.

Jorge se define como un periodista autodidacta, pero como Moisés —a quien le gustaba leer mucho—, con un sentido de la justicia y de la Libertad de Expresión más reales que muchos medios establecidos y de gran formato.

El proyecto de la Unión…, como se llama la publicación de los Sánchez en Medellín de Bravo, municipio ubicado cerca de la zona conurbada Veracruz–Boca del río, inició no porque Moisés quisiera volverse periodista, sino para ejercer su derecho fundamental a la Libertad de Expresión. Junto con el apoyo de otros reporteros, a quienes les compartía la información que él conseguía, lo sucedido en Medellín comenzó a hacer eco en la región.

Solía decirme que su trabajo quedaría plasmado para contar las cosas aún muchos años después de sucedidas. Si bien el ejemplar más viejo que conservamos es del 2002, recuerdo haber visto alguno de las elecciones del 94, en especial una caricatura que realizó (dos personajes dialogando; uno pregunta ‘¿por quién votarás?’ y el otro contesta, ‘por quien me de una torta y un refresco’)”.

Durante años, Moisés Sánchez tomó las precauciones que consideró necesarias al hacer su trabajo como, por ejemplo, no escribir sobre el crimen organizado, aunque sí abordaba temas relativos a inseguridad —delincuencia común— y exigencias de justicia en caso de algún plagio o abuso policíaco.

Es a estos últimos, a los policías, a los que Jorge se refiere como parte del crimen organizado, escenario que no considera que sea reciente, sino que se trata de una práctica arraigada. Cuenta que, por ejemplo, en los años 80’s, su padre llegaba a los mercados a repartir La Unión… y lo hacía de una forma veloz, porque le comentaba a Jorge que si llegaba ser visto por la Policía “te levantaba y posiblemente no te volverían a encontrar”.

De vuelta a los años recientes, con el aumento de los asesinatos de periodistas en el sexenio de Javier Duarte, llegaron a creer que había límites que no se podían romper, que estos tiempos eran diferentes. Pero entonces sucedió el asesinato de Regina Martínez, corresponsal de Proceso, lo que rompió el hito de que los representantes de medios nacionales no podían ser agredidos.

Y entonces, relata Jorge, amigos y familiares le preguntaban a Moisés que si no tenía miedo que él, siendo un periodista local, podrían llevárselo con más facilidad que a 43 estudiantes o periodistas nacionales, y su respuesta era que si teníamos (miedo) nunca íbamos a cambiar las cosas, que las cosas iban a seguir igual, que vivir con miedo no era una opción.

s de 30 años en el ambiente hostil de la intimidación, de policías, tránsitos y cuanto funcionario público que cree que tiene todo el poder, hicieron en él un temperamento aguerrido que sacaba a la luz sus amplios conocimientos en derecho”.

Por eso, de Moisés aprendió que los políticos no llegan al poder a mejorar la comunidad o por tener un proyecto de Nación, sino para enriquecerse a sí mismos, por lo que la única forma de detenerlos, era exhibiéndolos.

Y Jorge habla también de la impunidad, la que hace creer a funcionarios y criminales que pueden deshacerse de cualquier periodista o activista sin consecuencias, lo que nos ha llevado al “rculo de impunidad”. Hace un año lo amenazaron en una llamada telefónica, denunció ante la Fiscalía Especial para la Atención de Delitos cometidos contra la Libertad de Expresn (FEADLE) y hasta la fecha no hay algún avance o indicio del agresor.

Después del asesinato de su padre, Jorge y el resto de la familia recibieron terapia psicológica y fueron incorporaron al mecanismo de protección estatal de la CEAPP y al mecanismo Federal, aunque admite que ambos tienen una serie de deficiencias.

Hasta la fecha, a 2 años y 10 meses del crimen, los avances en las investigaciones son nulos y, de hecho, las mismas carpetas estarían mal integradas de origen. Jorge explica que cuando encontraron el cuerpo de Moisés el 24 de enero de 2015, la Fiscalía se apresuró a decir que ya lo habían identificado, es decir, tenían la certeza que era de él, cuando ellos ni siquiera habían hecho las pruebas para reconocerlo. Pidieron entonces a la Procuraduría General de la República (PGR) que hiciera las pruebas y entonces se realizó un examen de ADN, además de pruebas antropológicas y fotográficas que arrojaron un resultado positivo.

El principal sospechoso del crimen, señala Jorge, es el alcalde de Medellín, Omar Cruz Reyes, actual prófugo de la justicia, pero también expone que hubo un contubernio con la Policía Municipal, Policía Estatal, Policía Ministerial, Fiscalía y con Javier Duarte, entonces gobernador de Veracruz, pues dejaron huir al principal sospechoso, pese a que habían anunciado que “no se les iba a escapar”.

Martin López Meneses, exsubdirector de la Policía Municipal de Medellín, quien presuntamente había declarado que la orden de asesinar a Moisés vino del alcalde Omar Cruz, salió libre en noviembre del 2015. “Lo que creemos es que fue el alcalde de Medellín, Omar Cruz, que contactó a los del crimen organizado y con el apoyo del GobernadorJavier Duarte, tanto así que le facilitó la huída”, argumenta Jorge Sánchez.

A casi tres años del asesinato, los autores intelectuales y materiales están impunes. La PGR incluso se negó a llevar el caso, aunque en octubre de 2016 se ganó un amparo promovido junto con Artículo 19 para ordenar que la instancia federal atrajera las investigaciones sobre Moisés Sánchez Cerezo. Hasta diciembre del año pasado, la PGR no había alcanzado a tener el expediente completo y Jorge agrega que hubo una mala integración de origen, pérdida de fotografía así como la evidente falta de interés en dar con los responsables.

Ahora, sólo esperan a que el tiempo se agote para ir ante un tribunal internacional. Y no sólo para perseguir la justicia y combatir la impunidad, sino para exhibir “cómo tenemos un estado carente de interés en garantizar que haya justicia en casos de periodistas, como mi padre”.

La Unión… es un proyecto que sigue con la colaboración voluntaria de compañeros, pero del periodismo no percibe ningún ingreso económico. Pero eso no lo detiene, pues el objetivo de continuar con lo que inició Moisés Sánchez Cerezo es no permitir que “asesinando al periodista maten la información”.


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